Horacio Quiroga. EL almohadón de plumas.

Horacio Quiroga
(1879-1937)

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
(Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)

         Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst… —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio… poco hay que hacer…
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Cuento: ¡Diles que no me maten!. Juan Rulfo

¡Diles que no me maten!

[Cuento – Texto completo.]

Juan Rulfo


-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

“Y me mató un novillo.

“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

FIN



MÁS CUENTOS DE JUAN RULFO



Eduardo Galeano. microrrelato.

CELEBRACIÓN DE LA FANTASÍA, un microrrelato de Eduardo Galeano (Uruguay, 1940 -2015))

 

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca de Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quien una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo.

-Y ¿anda bien? -le pregunté.

-Atrasa un poco -reconoció.

 

Julio Cortázar. El Beso.

[EL BESO]

Julio Cortázar (Argentina, 1914-1984)

(Cuento dentro de una novela)

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Julio Cortázar, relato corto, el beso
Julio Cortázar

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

“La Becada”. Guy de Maupassant

LA BECADAEscritor francés Guy de Maupassant

(cuento)

El anciano barón de Ravots había sido durante cuarenta años el rey de los cazadores de su provincia. Pero hacía ya cinco o seis que una parálisis de las piernas lo tenía clavado en su sillón, y tenía que contentarse con tirar a las palomas desde una ventana de la sala o desde la gran escalinata de su palacio. El resto del tiempo lo pasaba leyendo.

Era hombre de trato agradable, que había conservado mucho de la afición a las letras que distinguió al siglo pasado. Le encantaban las historietas picarescas, y también le encantaban las anécdotas auténticas de que eran protagonistas personas allegadas suyas. En cuanto llegaba de visita un amigo le preguntaba:

-¿Qué novedades hay?

Tenía la habilidad de un juez de instrucción para interrogar.
En los días de sol se hacía llevar en su amplio sillón de ruedas que parecía una cama, a la puerta del palacio. Detrás de él se situaba un criado con las escopetas, las cargaba y se las iba pasando a su señor. Otro criado, oculto en un bosquecillo, daba suelta a un pichón de cuando en cuando, a intervalos regulares, para que le cogiese de sorpresa, obligándolo a estar en constante alerta.

Se pasaba el día tirando a aquellas aves ligeras, se desesperaba si conseguían burlarle y se reía hasta saltársele las lágrimas cuando el animal caía a plomo o daba alguna voltereta extraña y cómica. Se volvía entonces hacia el mozo que le cargaba las armas y le preguntaba con espasmódica alegría:

-¡A ése le di lo suyo, José! ¿Viste cómo cayó?

Y José respondía indefectiblemente:

-El señor barón no marra uno.

Al llegar el otoño, y con él la temporada de caza, invitaba como en sus buenos tiempos a sus amigos y disfrutaba oyendo a lo lejos las detonaciones. Iba contándolas y le llenaba de felicidad el que se repitiesen aceleradamente. Por la noche exigía a cada cazador un minucioso relato de las incidencias del día.
Y los contertulios y el barón permanecían tres horas de sobremesa contando lances de caza.

Los cazadores son gente verbosa y relataban complacidos cien aventuras extrañas e inverosímiles. Algunas se han hecho clásicas y se repetían con toda regularidad. La del conejo que el vizcondesito de Bourril falló en el vestíbulo mismo de su palacio no perdía gracia, y todos los años les hacía retorcerse de risa. No se pasaban cinco minutos sin que surgiese un nuevo narrador.

-Oigo un «¡Biiiirrrr!… », y se levanta un bando magnífico a diez pasos de distancia. Encañono: «¡Pif, paf!», y veo que llueven como botas. ¡Siete cayeron!
Relatos así los dejaban extáticos, porque era norma el prestarse fe mutuamente. Pero, además, era de tradición en aquella casa lo que se conocía con el nombre de «el cuento de la becada». Todos los años, coincidiendo con el paso de estas aves, que constituyen la presa más apetecible, se repetía idéntica ceremonia.
Todas las noches se servía en la cena una de estas aves por barba, porque el barón era aficionadísimo al incomparable bocado; pero las cabezas se dejaban aparte, en un plato.Después de esto, el barón, con toda la gravedad de un obispo que oficia en el altar, mandaba que le trajesen otro plato con grasa, y ungía cuidadosamente las preciosas cabezas, sosteniéndolas de la punta del pico, delgado y largo como una aguja. Le ponían al alcance una vela encendida y se callaban todos, esperando con ansiedad.

Tomaba a continuación una de las cabezas así preparadas, la pasaba con un largo alfiler, pinchaba en el otro extremo un corcho y equilibraba los respectivos pesos con palitos colocados como balancines; después, y con mucho tiento, plantaba aquel chirimbolo sobre el gollete de una botella, como un palillo de barquillero. Todos los comensales contaban al unísono y en alta voz:
-¡Una…, dos…, tres!

El barón, dándole un golpecito con un dedo, hacía girar el juguete.
El convidado al que apuntaba el pico puntiagudo al dejar de girar quedaba dueño de todas las cabezas, bocado exquisito que hacía poner los ojos en blanco a sus compañeros de mesa. El agraciado las iba cogiendo una a una, y las asaba en la llama de la vela. La grasa chisporroteaba, la piel dorada humeaba y el favorecido por la  suerte hacía crujir entre sus dientes la cabeza grasienta, sosteniéndola por el pico, dejando escapar exclamaciones de placer.

A cada cabeza levantaban los restantes convidados sus vasos y bebían a su salud.
Al final, después de comérselas todas, estaba obligado, en el momento que el barón se lo indicase, a relatar una historia, para indemnizar de este modo a los que no habían tenido su suerte.

David Foenkinos. CHARLOTTE.

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David Foenkinos, nace en París en 1974. Es licenciado en letras, músico de jazz. Algunas de sus novelas han ganado premios como el Roger con “El potencial erótico de mi mujer”,

Con “La delicadeza” en 2009 logra diez galardones, algunos de los cuales son los más importantes en Francia: Goncourt, el Renaudot, Médicis, el Fémina, el Intervallié.

Es llevada al cine por su propio autor y su hermano Stéphane.

Melómano y fan de John Lenon, en 2014 publica su biografía novelada.

En el 2015 publica Charlotte un libro diferente, que enamora y con el cual gana el premio Renaudot y Goncourt des Lyceens.

Foenkinos rescatadel olvido a la pintora Charlotte Salomón. Pintora vanguardista, alemana, que crea su obra en silencio en el auge del nacimiento del nacismo.

Charlotte pertenece a una familia acomodada, su padre cirujano, profesor universitario, judío Alemán.

Su madre enfermera, se suicida cuando Charlotte apenas tiene 9 años quien crece pensando que la causa de la muerte fue por una gripe.También su Tía y su abuela se suicidan.

Es una familia que abundan las gripes, los ángeles y los silencios.

Paula Lindberg, cantante de ópera quien se casa con su padre tiempo después, es quien introduce a Charlotte en el mundo artístico.

A los 21 años logra entrar en la academia de Bellas Artes de Berlín, en un contexto histórico donde el nacismo está en auge, para ella, joven, mujer y judía tiene mucho mérito y merece un reconocimiento.

Cuando todo en su vida comienza a complicarse se traslada a Francia con sus abuelos y es ahí cuando estalla la guerra y su abuela se suicida a pesar de los cuidados que Charlotte tiene con ella. Con la muerte de la abuela descubre la verdad, el secreto familiar: el suicidio de su madre, su tía y su abuela.

Comienza a pintar y usa el arte como terapia que la salva de acabar como las mujeres de su familia. Si no hubiese muerto en el campo de concentración no se hubiese suicidado ya que luego de terminar su obra fue capaz de casarse y quedar embarazada, consigue romper la maldición.Muere en Auschwitz en 1943 a los 26 años y embarazada.

Foenkinos estuvo 10 años investigando para escribir el libro, ya que había muy poca documentación.

El tema principal del libro es la culpabilidad, las personas nos sentimos culpables cuando estamos cerca de un drama y no podemos hacer nada para impedirlo.

Se centra en la vida de Charlotte como mujer y artista, se centra en su personalidad y que no solo fuera una obra sobre el destino de los judíos.

Tiene una apuesta estilística diferente, que le da ritmos al libro.

Charlotte no sabe si su vida es una realidad o un teatro, es su forma de sobrevivir a su insufrible vida y para sobrellevarla la transforma en una obra de teatro. En poco más de dos años pinta más de mil cuadros, pero para su obra que se llama “vida o teatro?” selecciona unas setecientas. La obra está dividida en tres partes: el preludio,  que es su infancia en Berlín, la parte principal que se la dedica a Alfred Wolfons, el profesor de canto de su madrastra y por último un Epílogo donde centra su vida en Costa Azul.

Actualmente ponen placas en los lugares donde vivió Charlotte, también se estrenó una opera basada en su obra.

Interesante es saber que en cada obra ponía un papel transparente explicando la música que debe ir con las imágenes.

Se podría decir que fue para  la pintura lo que Ana Frank para la escritura, salvando las diferencias.

El mundo es difícil, podríamos decir que brutal, necesitamos la belleza, aunque no siempre nos salva, a veces nos consuela.

Editorial Alfaguara.

En Youtube: Charlotte Salomón, podréis ver su obra acompañada de la música de Serguei  Rachmaninov.

 

 

 

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El espejo de Matsuyama.

Cuento popular japonés

En Matsuyama, lugar remoto de la provincia japonesa de Echigo, vivía un matrimonio de jóvenes campesinos que tenían a su pequeña hija como centro y alegría de sus vidas. Un día, el marido tuvo que viajar a la capital para resolver unos asuntos y, ante el temor de la mujer por un viaje tan largo y a un mundo tan desconocido, la consoló con la promesa de regresar lo antes posible y de traerle, a ella y a su hijita, hermosos regalos.

Después de una larga temporada, que a ella se le hizo eterna, vio por fin a su esposo de vuelta a casa y pudo oír de sus labios lo que le había sucedido y las cosas extraordinarias que había visto, mientras que la niña jugaba feliz con los juguetes que su padre le había comprado.

-Para ti -le dijo el marido a su mujer- te he traído un regalo muy extraño que sé que te va a sorprender. Míralo y dime qué ves dentro.

Era un objeto redondo, blanco por un lado, con adornos de pájaros y flores, y, por el otro, muy brillante y terso. Al mirarlo, la mujer, que nunca había visto un espejo, quedó fascinada y sorprendida al contemplar a una joven y alegre muchacha a la que no conocía. El marido se echó a reír al ver la cara de sorpresa de su esposa.

-¿Qué ves? -le preguntó con guasa.

-Veo a una hermosa joven que me mira y mueve los labios como si quisiera hablarme.

-Querida -le dijo el marido-, lo que ves es tu propia cara reflejada en ese lámina de cristal. Se llama espejo y en la ciudad es un objeto muy corriente.

La mujer quedó encantada con aquel maravilloso regalo; lo guardó con sumo cuidado en una cajita y sólo, de vez en cuando, lo sacaba para contemplarse.

Pasó el tiempo y la niña se había convertido en una linda muchacha, buena y cariñosa, que cada vez se parecía más a su madre; pero ella nunca le enseñó ni le habló del espejo para que no se vanagloriase de su propia hermosura. De esta manera, hasta el padre se olvidó de aquel espejo tan bien guardado y escondido.

Un día, la madre enfermó y, a pesar de los cuidados de padre e hija, fue empeorando de tal manera que ella misma comprendió que la muerte se le acercaba. Entonces, llamó a su hija, le pidió que le trajera la caja en donde guardaba el espejo, y le dijo:

-Hija mía, sé que pronto voy a morir, pero no te entristezcas. Cuando ya no esté con vosotros, prométeme que mirarás en este espejo todos los días. Me verás en él y te darás cuenta de que, aunque desde muy lejos, siempre estaré velando por ti.

Al morir la madre, la muchacha abrió la caja del espejo y cada día, como se lo había prometido, lo miraba y en él veía la cara de su madre, tan hermosa y sonriente como antes de la enfermedad. Con ella hablaba y a ella le confiaba sus penas y sus alegrías; y, aunque su madre no le decía ni una palabra, siempre le parecía que estaba cercana, atenta y comprensiva.

Un día el padre la vio delante del espejo, como si conversara con él. Y, ante su sorpresa, la muchacha contestó:

-Padre, todos los días miro en este espejo y veo a mi querida madre y hablo con ella.

Y le contó el regalo y el ruego que su madre la había hecho antes de morir, lo que ella no había dejado de cumplir ni un solo día.

El padre quedó tan impresionado y emocionado que nunca se atrevió a decirle que lo que contemplaba todos los días en el espejo era ella misma y que, tal vez por la fuerza del amor, se había convertido en la fiel imagen del hermoso rostro de su madre.

LA IDENTIDAD, cuento de Elena Poniatowska (Francia-México, 1932).

Yo venía cansado. Mis botas estaban cubiertas de lodo y las arrastraba como si fueran féretros. La mochila se me encajaba en la espalda, pesada. Había caminado mucho, tanto que lo hacía como un animal que se defiende. Pasó un campesino en su carreta y se detuvo. Me dijo que subiera. Con trabajo me senté a su lado. Calaba frío. Tenía la boca seca, agrietada en la comisura de los labios; la saliva se me había hecho pastosa. Las ruedas se hundían en la tierra dando vuelta lentamente. Pensé que debía hacer el esfuerzo de girar como las ruedas y empecé a balbucear unas cuantas palabras. Pocas. Él contestaba por no dejar y seguimos con una gran paciencia, con la misma paciencia de la mula que nos jalaba por los derrumbaderos, con la paciencia del mismo camino, seco y vencido, polvoroso y viejo, hilvanando palabras cerradas como semillas, mientras el aire se enrarecía porque íbamos de subida –casi siempre se va de subida-, hablamos, no sé, del hambre, de la sed, de la montaña, del tiempo, sin mirarnos siquiera. Y de pronto, en medio de la tosquedad de nuestras ropas sucias, malolientes, el uno junto al otro, algo nos atravesó blanco y dulce, una tregua transparente. Y nos comunicamos cosas inesperadas, cosas sencillas, como cuando aparece a lo largo de una jornada gris un espacio tierno y verde, como cuando se llega a un claro en el bosque. Yo era forastero y sólo pronuncié unas cuantas palabras que saqué de mi mochila, pero eran como las suyas y nada más las cambiamos unas por otras. Él se entusiasmó, me miraba a los ojos, y bruscamente los árboles rompieron el silencio. “Sabe, pronto saldrá el agua de las hendiduras”. “No es malo vivir en la altura. Lo malo es bajar al pueblo a echarse un trago porque luego allá andan las viejas calientes. Después es más difícil volver a remontarse, no más acordándose de ellas”… Dijimos que se iba a quitar el frío, que allá lejos estaban los nubarrones empujándolo y que la cosecha podía ser buena. Caían nuestras palabras como gruesos terrones, como varas resecas, pero nos entendíamos. Llegamos al pueblo donde estaba el único mesón. Cuando bajé de la carreta empezó a buscarse en todos los bolsillos, a vaciarlos, a voltearlos al revés, inquieto, ansioso, reteniéndome con los ojos: “¿Qué le regalaré? ¿qué le regalo? Le quiero hacer un regalo…” Buscaba a su alrededor, esperanzado, mirando el cielo, mirando el campo. Hurgoneó de nuevo en su vestido de miseria, en su pantalón tieso, jaspeado de mugre, en su saco usado, amoldado ya a su cuerpo, para encontrar el regalo. Miró hacia arriba, con una mirada circular que quería abarcar el universo entero. El mundo permanecía remoto, lejano, indiferente. Y de pronto todas las arrugas de su rostro ennegrecido, todos esos surcos escarbados de sol a sol, me sonrieron. Todos los gallos del mundo habían pisoteado su cara, llenándola de patas. Extrajo avergonzado un papelito de no sé dónde, se sentó nuevamente en la carreta y apoyando su gruesa mano sobre las rodillas tartamudeó: -Ya sé, le voy a regalar mi nombre.

Julio Ramón Ribeyro(Lima :1929-1994).

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LA PRIMERA NEVADA

Julio Ramón Ribeyro

Los objetos que me dejó Torroba se fueron incorporando fácilmente al panorama desordenado de mi habitación. Eran, en suma, un poco de ropa sucia envuelta en una camisa y una caja de cartón conteniendo algunos papeles. Al principio no quise recibirle estos trastos porque Torroba tenía bien ganada una reputación de ladronzuelo de mercado y era sabido que la policía no veía las horas de ponerlo en la frontera por extranjero indeseable. Pero Torroba me lo pidió de tal manera, acercando mucho al mío su rostro miope y mostachudo, que no tuve más remedio que aceptar.

– Hermano, ¡sólo por esta noche! Mañana mismo vengo por mis cosas.

Naturalmente que no vino por ellas. Sus cosas quedaron allí varios días. Por aburrimiento observé su ropa sucia y me entretuve revisando sus papeles. Había poemas, dibujos, páginas de diario íntimo. En verdad, como se rumoreaba en el Barrio Latino, Torroba tenía un gran talento, uno de esos talentos difusos y exploradores que se aplican a diversas materias, pero sobre todo al arte de vivir. (Algunos versos suyos me conmovieron: “Soldado en el rastrojo del invierno, azules por el frío las manos y las ingles.”) Quizá por ello cobré cierto interés por este vate vagabundo.

A la semana de su primera visita apareció nuevamente. Esta vez traía una maleta amarrada con una soguilla.

-Disculpa, pero no he conseguido todavía la habitación. Me vas a tener que guardar esta maleta. ¿No tienes una hoja de afeitar?

Antes que yo respondiera dejó su maleta en un rincón y acercándose al laboratorio cogió mis enseres personales. Frente al espejo se afeitó silbando, sin darse el trabajo de quitarse la chompa, la bufanda, ni la boina. Cuando terminó se secó con mi toalla, me contó algunos chismes del barrio y se fue diciéndome que regresaría al día siguiente por sus bultos.

Al día siguiente vino, en efecto, pero no para recogerlos. Por el contrario, me dejó una docena de libros y dos cucharitas, robadas probablemente en algún restaurante de estudiantes. Esta vez no se afeitó, pero se dio maña para comerse un buen cuadrante de mi queso y para que le obsequiara una corbata de seda. Ignoro para qué, porque jamás usaba camisa de cuello. De este modo sus visitas se multiplicaron a lo largo de todo el otoño. Mi cuarto de hotel se convirtió en algo así como una estación obligada de su vagabundaje parisino. Allí tenía a su disposición todo lo que le hacía falta: un buen pedazo de pan, cigarrillos, una toalla limpia, papel para escribir. Dinero nunca le di, pero él se desquitaba largamente en especie. Yo lo toleraba no sin cierta inquietud y esperaba con ansiedad que encontrara una buhardilla donde refugiarse con todos sus cachivaches.

Por fin sucedió algo inevitable: un día Torroba llegó a mi habitación bastante tarde y me pidió que lo dejara dormir por esa noche.

-Aquí, no más, sobre la alfombra – dijo señalando el tapiz por cuyos agujeros asomaba un pido de ladrillos exagonales.

A pesar de que mi cama era bastante amplia consentí que durmiera en el suelo. Lo hice con el propósito de crearle incomodidad e impedir de esta manera que adquiriera malas costumbres. Pero él parecía estar habituado a este tipo de vicisitudes porque, durante mi desvelo, lo sentí roncar toda la noche, como si estuviera acostado sobre un lecho de rosas.

Allí permaneció tirado hasta cerca de mediodía. Para preparar el desayuno tuve que saltar por encima del cuerpo. Al fin se levantó, pegó el oído a la puerta y corriendo hacia la mesa se echó un trago de café a la garganta.

-¡Es el momento de salir! El patrón está en las habitaciones de arriba.

Y se fue rápidamente sin despedirse.

Desde entonces, vino todas las noches. Entraba muy tarde, cuando ya el patrón del hotel roncaba.

Entre nosotros parecía existir un convenio tácito, pues sin pedirme ni exigirme nada, aparecía en el cuarto, se preparaba un café y se tiraba luego sobre la alfombra deshilachada. Rara vez me hablaba, salvo que estuviera un poco borracho. Lo que más me incomodaba era su olor. No es que se tratara de un olor especialmente desagradable, sino que era un olor distinto al mío, un olor extranjero que ocupaba el cuarto y que me daba la sensación, aun durante su ausencia, de estar completamente invadido.

El invierno llegó y ya comenzaba a crecer la escarcha en los cristales de la ventana. Torroba debía haber perdido su chompa en alguna aventura, porque andaba siempre en camisa tiritando. A mí me daba cierta lástima verlo extendido en el suelo, sin cubrirse con ninguna frazada. Una noche su tos me despertó. Ambos dialogamos en la oscuridad. Me pidió, entonces, que lo dejara echarse en mi cama, porque el piso estaba demasiado frío.

-Bueno – le dije -. Por esta noche nada más.

Por desgracia su refriado duró varios días y él aprovechó esa coyuntura para apoderarse de un pedazo de mi cama. Era una medida de emergencia, es cierto, pero que terminó por convertirse en rutina. Ida la tos, Torroba había conquistado el derecho de compartir mi almohada, mis sábanas y mis cobijas.

Brindarle su cama a un vagabundo es un signo de claudicación. A partir de ese día Torroba reinó plenamente en mi cuarto. Daba la impresión de ser él el ocupante y yo el durmiente clandestino. Muchas veces, al regresar de la calle, lo encontré metido en mi cama, leyendo y subrayando mis libros, comiendo mi pan y llenando las sábanas de migajas. Se tomó incluso libertades sorprendentes, como usar mi ropa interior y pintarle antojos a mis delicadas reproducciones de Botticelli.

Lo más inquietante, sin embargo, era que yo no sabía si él me guardaba cierta gratitud. Nunca escuché de sus labios la palabra gracias. Es verdad que por las noches, cuando lo encontraba en uno de esos sórdidos reductos come el Chez Moineau, rodeado de suecas lesbianas, de yanquis invertidos, y de fumadores de marihuana, me invitaba a su mesa y me brindaba un vaso de vino rojo. Pero tal vez lo hacía para divertirse a mis costillas, para decir, cuando yo partía: “Ese es un tipo imbécil al cual tengo dominado.” Es cierto, yo vivía un poco fascinado por su temperamento y muchas veces me decía para consolarme de ese dominio: “Quizás tenga albergado en mi cuarto a un genio desconocido.”

Por fin sucedió algo insólito: una noche dieron las doce y Torroba no apareció. Yo me acosté un poco intranquilo, pensando que tal vez había sufrido un accidente. Pero, por otra parte, me parecía respirar un dulce aire de libertad. Sin embargo, a las dos de la mañana sentí una piedrecilla estrellarse contra la ventana. Al asomarme, inclinándome sobre el alféizar, divisé a Torroba parado en la puerta del hotel.

-¡Aviéntame la llave que me muero de frío!

Después de medianoche el patrón cerraba la puerta con llave. Yo se la aventé envuelta en un pañuelo y regresando a mi cama esperé que ingresara. Tardó mucho, parecía subir las escaleras con extremada cautela. Al fin la puerta se abrió y apareció Torroba. Pero no estaba solo: esta vez lo acompañaba una mujer.

Yo los miré asombrado. La mujer, que estaba pintada como un maniquí y usaba largas uñas de mandarín, no se dio el trabajo de saludarme. Dio una vuelta teatral por cuarto y por último se despojó del abrigo, dejando ver un cuerpo apetecible.

-Es Françoise – dijo Torroba -. Una amiga mía. Esta noche dormirá aquí. Está un poco dopada.

-¿Sobre la alfombra? – pregunté.

-No, en la cama.

Como quedé dudando, añadió.

-Si no te gusta el plan, échate tú en el suelo.

Torroba apagó la luz. Yo quedé sentado en la cama, viendo como ambos se desplazaban en la penumbra. Probablemente se desvestían, porque el olor – esta vez un olor desconocido – me envolvió, me penetró por las narices y quedó clavado en mi estómago como una saeta. Cuando se metieron en la cama, yo salté arrastrando una frazada y me tendí en el suelo. En toda la noche no pude dormir. La mujer no hablaba (quizás se había quedado dormida), pero en cambio Torroba trepidó y rugió hasta la madrugada.

Se fueron al mediodía. En todo ese tiempo no cruzamos una palabra. Cuando quedé solo, cerré la puerta con llave y estuve paseándome entre mis papeles y mi desorden, fumando interminablemente. Al fin, cuando comenzaba a atardecer, cerré las cortinas de la ventana y empecé a tirar, metódicamente, todos los objetos de Torroba en el pasillo del hotel. Delante de la puerta de mi cuarto quedaron amontonados sus calcetines, sus poemas, sus libros, sus mendrugos de pan, sus cajas y sus maletas. Cuando no quedaba en mi cuarto un vestigio de su persona, apagué la luz y me tendí en mi cama.

Comencé a esperar. Afuera soplaba furioso el viento. Al cabo de unas horas sentí los pasos de Torroba subiendo las escaleras y luego un largo silencio delante de mi puerta. Lo imaginé estupefacto, delante de sus bienes desparramados.

Primero fue un golpe indeciso, luego varios golpes airados.

-Eh, ¿estás allí? ¿Qué cosa ha pasado?

No le respondí.

-¿Qué significa esto? ¿Te vas a mudar de cuarto?

No le respondí.

-¡Déjate de bromas y abre la puerta!

No le respondí.

-¡No te hagas el disimulado! Sé muy bien que estás allí. El patrón me lo ha dicho.

No le respondí.

-¡Abre, que me estoy amoscando!

No le respondí.

-Abre, nieva, ¡estoy todo mojado!

No le respondí.

-Solamente me tomo un café y luego me voy.

No le respondí.

-¡Un minuto, te voy a enseñar un libro!

No le respondí.

-¡Si me abres, traeré esta noche a Françoise para que duerma contigo!

No le respondí.

Durante media hora continuó gritando, suplicando, amenazando, injuriando. A menudo reforzaba sus clamores con algún puntapié que remecía la puerta. Su voz se había vuelto ronca.

-¡Vengo a despedirme! Mañana me voy a España. ¡Te invitaré a mi casa! ¡Vivo en la calle Serrano, aunque no lo creas! ¡Tengo mozos con librea!

A pesar mío, me había incorporado en la cama.

-¿Así tratas a un poeta? ¡Fíjate, te regalaré ese libro que has visto tú, escrito e iluminado con mi propia mano! Me han ofrecido tres mil francos por él. ¡Te lo regalo, es para ti!

Me acerqué a la puerta y apoyé las manos en la madera. Me sentía perturbado. En la penumbra casi buscaba la manija. Torroba seguía implorando. Yo esperaba una frase suya, la decisiva, la que me impulsara a mover esa manija que mis manos habían encontrado. Pero sobrevino una enorme pausa. Cuando pegué el oído en la puerta no escuché nada. Quizás Torroba, al otro lado, imitaba mi actitud. Al poco rato sentí que levantaba sus cosas, que se le caían, que las volvía a levantar. Luego, sus pasos bajando la escalera…

Corriendo hacia la ventana descorrí la punta del visillo. Esta vez Torroba no me había engañado: nevaba.

Grandes copos caían oblicuamente, estrellándose contra las fachadas de los hoteles. La gente pasaba corriendo sobre el suelo blanco, ajustándose el sombrero y abotonándose los gruesos abrigos. Las terrazas de los cafés estaban iluminadas, llenas de parroquianos que bebían vino caliente y gozaban de la primera nevada protegidos por las transparentes mamparas.

Torroba apareció en la calzada. Estaba en camisa y portaba en las manos, bajo las axilas, sobre los hombros, en la cabeza, su heteróclito patrimonio. Elevando la cara quedó mirando mi ventana, como si supiera que yo estaba allí, espiándolo, y quisiera exhibirse abandonado bajo la tormenta. Algo debió decir porque sus labios se movieron. Luego empezó una marcha indecisa, llena de meandros, de retrocesos, de dudas, de tropezones.

Cuando atravesó el bulevar rumbo al barrio árabe, sentí que me ahogaba en esa habitación que me parecía, ahora, demasiado grande y abrigada para cobijar mi soledad. Abriendo la ventana de un manotazo, saqué medio cuerpo fuera de la baranda.

-¡Torroba! – grité -. ¡Torroba, estoy aquí! ¡Estoy en mi cuarto!

Torroba seguía alejándose entre una turba de caminantes que se deslizaban silenciosos sobre la nieve silenciosa.

-¡Torroba! – insití -. ¡Ven, hay sitio para ti! ¡No te vayas, Torrobaaa!…

Sólo en ese momento se dio media vuelta y quedó mirando mi ventana. Pero, cuando yo creí que iba a venir hacia mí, se limitó a levantar un brazo con el puño cerrado, con un gesto que era, más que una amenaza, una venganza, antes de perderse para siempre en la primera nevada.

(París, 1960)


Festejamos el Día del Libro con Borges.

Jorge Luis Borges
(1899–1986)

La biblioteca de Babel.

         El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente.
La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquirda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos.
Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito… La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Sigue leyendo “Festejamos el Día del Libro con Borges.”