Rafael Courtoisie. (Montevideo, 1958)

APÓCRIFO DE JUAN CARLOS ONETTI

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CAMINAR HACIA ELLA

Caminar hacia ella y verla inmóvil, de pie, justo en la orilla de la vereda en que la sombra de los edificios lamía lentamente los restos del sol de la tarde bajo los árboles de invierno, cerca de la plaza donde la estatua del Dios Brausen comenzaba a mostrar un moho verde, un musgo como vello en la piel de la cara de bronce de la estatua, un moho o musgo que había crecido debido a las intensas lluvias que no habían cesado de inundar Santa María hasta esa tarde, la tarde en que Díaz Grey iba a matar a su amante de turno de dos tiros, uno en la frente y otro en el esternón, como si le tuviera lástima, como si le hiciera un favor y con esos dos tiros permitiera que la nada, la piedad o lo que fuera, descendiera sobre su cuerpo para llevar los restos del alma, los pedazos sucios del alma muy lejos, lejos de Santa María, lejos de ese ridiculo drama pasional que sería primera plana de “El liberal” al día siguiente, cuando él ya se hubiera olvidado del inicio de este párrafo: “Caminar hacia ella y verla inmóvil…” y ya no siguiera escribiendo, no siguiera imaginando, no siguiera pensando, porque imaginar, pensar y escribir, eran literatura. Díaz Grey no hacía literatura. Caminar hacía ella y verla inmóvil, de pie, justo en la orilla en que la vereda de la sombra de los edificios lamía lentamente los restos del sol de la tarde.Pegarle dos tiros, por lástima, uno en la frente y otro en el esternón, y esperar a que al día siguiente apareciera la noticia en la primera página de “El liberal”, era un acto de fe, un milagro de la vida.El resto, ya lo saben, iba a ser triste, desflecada, previsible, literatura.(Versión de Rafael Courtoisie. En febrero de 1991 , Courtoisie y un amigo argentino, profesor de Literatura Hispanoamericana en Carolina del Norte, visitaron a Juan Carlos Onetti en su departamento de la Avenida de América, en Madrid. Como siempre, Onetti los atendió acostado boca arriba en la cama, y conversó con ellos durante más de dos horas. Los tres tomaron whisky y fumaron sin parar. Al salir, ya a bordo del metro que los conducía al centro de Madrid, el profesor argentino extrajo de su bolsillo una página manuscrita. La letra, nerviosa y áspera, era inconfundiblemente de Onetti.En una distracción del narrador, el argentino había tomado la hoja de una mesa auxiliar, a la derecha de la cama de Onetti. La mesa estaba repleta de frascos de medicamentos, papeles, vasos, un cenicero, una botella y un recipiente con hielo casi derretido.En el vagón del metro, Courtoisie le arrebató el papel al argentino. Pensó en regresar, pensó en hablar con Dolly, pensó en inventar una explicación y devolver el papel sustraído. Pero sintió vergüenza , sintió que , hiciera lo que hiciera, todo sería inútil. El profesor argentino y Courtoisie recorrieron bares y tabernas, sitios de tapas y horribles espectáculos para turistas, hasta que amaneció en Madrid y regresaron, ebrios, al hostal.El argentino partió para Estados Unidos esa misma noche. Courtoisie se quedaría dos días más para llevar a cabo un reportaje pactado desde hacía meses con Antonio Muñoz Molina.Una semana después, en Montevideo, encontró el papel con el comienzo de la novela inédita de Onetti. Lo copió. Volvió a beber. Esa noche se le apareció Dolly en una pesadilla, le gritaba y le pegaba en la cabeza con su violín. Detrás,tendido en la cama del sueño, el Viejo no paraba de reír, desdentado. Courtoisie, entonces, decidió quemar el papel).

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