La vida me rodea, como en aquellos años ya perdidos, con el mismo esplendor de un mundo eterno. La rosa cuchillada de la mar, las derribadas luces de los huertos, fragor de las palomas en el aire, la vida en torno a mí, cuando yo aún soy la vida. Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos, y un amor fatigado. ¿Cuál será la esperanza? Vivir aún; y amar, mientras se agota el corazón, un mundo fiel, aunque perecedero. Amar el sueño roto de la vida y, aunque no pudo ser, no maldecir aquel antiguo engaño de lo eterno. Y el pecho se consuela, porque sabe que el mundo pudo ser una bella verdad.

Francisco Brines. (1932-2021)

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