Jorge Majfud a través de la mirada de Gustavo Esmoris.


Narrativa uruguaya de principios de siglo: Jorge Majfud y el Uruguay que se mira a sí mismo.

Obra y contexto

Jorge Majfud nació el 11 de setiembre de 1969 en Tacuarembó, una pequeña ciudad distante cuatrocientos kilómetros de la capital de Uruguay, Montevideo. Además de narrador, es un excelente ensayista y periodista, y ha incursionado brevemente en la poesía. De formación autodidacta en lo literario, Majfud es un caótico lector devenido casi naturalmente en escritor, una persona de una muy amplia cultura, proveniente, a nivel académico, de la arquitectura, una profesión considerada dentro de la rama científica, pese a estar totalmente emparentada con la historia del arte. Ha sido además profesor de diseño y de matemáticas en distintas instituciones de Uruguay y del exterior. Nadie más alejado que él, para los prejuicios de muchos, de lo que debe ser la imagen paradigmática de un escritor. Según algunos sectores de la auto proclamada y casi inexistente crítica literaria uruguaya, se trataría de un narrador intelectual, con todas las ventajas y los inconvenientes que eso puede suponer. Claro está que para afirmar esto seriamente, la crítica debería tomarse el trabajo de desentrañar lo que subyace filosóficamente por debajo de la obra de Majfud, cosa que aún no ha sido hecha con el rigor de investigación que el tema requiere. Pero a diferencia de otros escritores acusados de lo mismo, y tal vez desmintiendo esta etiqueta, Majfud alcanza con sus textos momentos de gran hondura poética, para enseguida volver a su prosa de características coloquiales, sin caer jamás -durante esos momentos pico- en desbordes que puedan acercarlo peligrosamente a trasponer la frontera entre los géneros. Muy por el contrario, consciente de que se trata del juego más serio que existe, sabe elegir esos momentos en los que se lanza a jugar con la palabra, y sabe también hasta donde puede llegar. En materia de construcción literaria lo fascinan las historias que se cruzan, la técnica de cajas chinas, los saltos temporales, el flash back.

Llama la atención -desde sus primeros relatos- la sorprendente madurez de su pluma, poco común en un escritor tan joven y sin aparente formación académica. Ante un panorama de lo que ha sido su vida, parece evidente que el narrador nació con él, aunque haya tenido que esperar algunos años a la sombra del futuro arquitecto, conformándose mientras tanto con esas lecturas desordenadas y algo anárquicas, que incluían entre sus narradores preferidos a Borges, Sábato, Sartre, Kafka, Quiroga, Hemingway, Tennesee Williams, Paul Auster, y Saramago por citar algunos nombres célebres. Majfud, que comenzó a leer el diario a los cuatro años de edad, antes incluso de ir a la escuela, abandonó la arquitectura en el año 2003, poco tiempo después de recibirse, para dedicarse exclusivamente a la escritura y a la investigación. Desde entonces ha enseñado Literatura Latinoamericana en The University of Georgia y actualmente se desempeña como profesor de Lincoln University of Pennsylvania, ambas en los Estados Unidos de América. Entre sus libros se destacan Hacia qué patrias del silencio (novela, 1996), Crítica de la pasión pura (ensayos, 1998), La reina de América (novela, 2001), La narración de lo invisible (ensayos, 2006), Perdona nuestros pecados (cuentos, 2007). Es colaborador habitual de los principales diarios y revistas de América Latina y Estados Unidos. Sus relatos y ensayos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, portugués, griego e italiano. En 2001 fue finalista del Premio Casa de las Américas, en Cuba, por la novela La reina de América. Ha obtenido otras distinciones como el Premio Excellence in Research Award in Humanities & LettersUGA, Estados Unidos, 2006.

Los nuevos vientos de la literatura uruguaya

En el Uruguay de principios del siglo XX, como en el resto de América Latina, la rápida expansión del capitalismo fue terminando con formas de producción que aún convivían con las nuevas formas económicas. Así, al afianzarse, el capitalismo pasa de forma de producción «a dominante» -donde debe convivir con otras formas de producción arcaicas, que actuaban como freno al nivel productivo de las nuevas tecnologías- a lo hegemónico, constituyéndose en la única forma de producción. La guerra civil de 1904 es la herramienta con que la naciente burguesía uruguaya impone a sangre y fuego estas transformaciones en el país, enfrentando al creciente capitalismo con los resabios de formas de producción feudales y semi feudales que aún mantenían cierto grado de fortaleza y autonomía, y que habían regido la economía hasta su aparición. El poder económico, y por consecuencia el político, se trasladan desde el campo a la capital. Montevideo, crecida en torno a uno de los mejores puertos naturales de la región, se constituye rápidamente en el corazón económico y financiero del Uruguay. Naturalmente, esto tiene una directa incidencia en todos los aspectos sociales, culturales, educativos e ideológicos, provocando un cambio histórico en la vida del por entonces joven país. Dentro de ese panorama, la literatura no podía permanecer por fuera de esa nueva realidad, la cual de todas maneras no se traslada mecánicamente y en forma inmediata a nuestras letras sino que demora algunos años en comenzar a ejercer una influencia visible. Se pasa, gradualmente, de una literatura campera a una literatura urbana. La novela corta El pozo, de Juan Carlos Onetti, es considerada por muchos críticos el punto de ruptura de una narrativa que por primera vez se traslada desde el campo hacia las calles de la gran ciudad. Había sido el propio Onetti, desde las páginas del semanario Marcha, quien con marcada aspereza atacara esa forma hasta entonces predominante en nuestra literatura, de realismo campesino. Este «descubrimiento» de la ciudad parece ser la piedra fundacional de la llamada «generación del 45». Sería imposible entender estos procesos, que nos llevan directamente a la narrativa uruguaya de hoy, de la que Jorge Majfud es uno de los principales referentes, sin detenerse en la obra de varios de los integrantes de esta generación, muy especialmente en la del propio Onetti, considerado casi unánimemente el mayor novelista uruguayo de todos los tiempos. Claro que a los elementos históricos a los que es inevitable remitirse para explicar en buena forma lo que sucede hoy con la literatura uruguaya, se hace necesario y forzoso agregar la ubicación y características geográficas del Uruguay, un pequeño país sin elevaciones, enclavado entre Argentina y Brasil, los dos gigantes del cono sur, nada menos. Para una nación de muy exiguo tamaño, apretujada entre fronteras tan poderosas, la única posibilidad de supervivencia cultural pasa por una forma de resistencia que alcance todos y cada uno de los aspectos de su idiosincrasia. Desde el propio idioma, donde se defienden términos típicamente uruguayos como gurí o botija -dos sinónimos para la palabra «niño»- hasta el fútbol, deporte que ocupa la primera línea de la identidad nacional, todo parece formar parte de una cultura de resistencia. La literatura, algo más rezagada que la casi unánime pasión futbolera de los uruguayos, pero muy inserta en la clase media uruguaya, tiene -de todos modos- un gran peso y una tradición que llega hasta nuestros días. Ser escritor en Uruguay no es por lo general un medio económico de vida, pero sí una forma de vida.

A mediados de la década de los ochenta, a la salida de la más cruenta dictadura que vivió el Uruguay en toda su historia, las formas de lucha por un cambio social comenzaron a desplazarse desde estructuras otrora perfectamente organizadas, que habían resultado totalmente desmanteladas por la represión, hacia perfiles algo menos orgánicos. La militancia ya no se expresa exclusivamente desde los partidos y organizaciones tradicionalmente ligados al proletariado, sino que parece tomar formas más gramscianas de ocupar todos los espacios, inclusive aquellos tradicionalmente despreciados por la izquierda «oficial». Sin eludir responsabilidades aparecen formas nuevas, tal vez menos rígidas, variando sustancialmente el concepto tradicional de compromiso político. Se hace visible un cambio de escenario, desde el cual parece surgir una nueva y más amplia visión. Ya no se describe como reformistas a aquellas medidas que no se supediten estratégicamente a la toma del poder, siempre y cuando modifiquen -de alguna manera- la composición de la sociedad y se conviertan, a su vez, en el motor de nuevos cambios. Esta ruptura con ciertos métodos anteriores a la dictadura comienza a influir, naturalmente, en todos los aspectos de la literatura. En ese sentido lo más trascendente es la aparición de un postergado grupo de escritores, que no habían podido salir a la luz pública debido a la más que férrea censura imperante. Este heterogéneo colectivo, con muy poco en común salvo su combate frontal a la tiranía, proviene de la militancia clandestina y en algunos casos de la cárcel y el exilio. Dentro de las voces más originales y que más difusión internacional han tenido, está la de Jorge Majfud.

Formas de construcción y antiarquitectura: la factibilidad literaria de Majfud

La misión de la literatura, así como la del arte en general, es representar el mundo desde un ángulo original y nunca antes transitado por otros. Aún mirado a través del cristal de esa concepción, y cumpliendo a cabalidad con este precepto, Jorge Majfud se mantiene como un escritor sumamente tradicional en su empleo del léxico, que si bien es sumamente elevado a lo íntimo de sus enlaces estructurales, maneja -en sus aspectos fundamentales- elementos absolutamente cotidianos. Al enfrentarnos a su obra, nos encontramos, en apariencia, ante un lenguaje coloquial, de vocablos limpios y un uso muy ajustado, tanto de la metáfora y del símil como de las figuras en general. Las reglas gramaticales son aplicadas de una forma absolutamente ortodoxa, a diferencia de buena parte de la narrativa moderna, que buscando la pulsión del pensamiento humano o por simple snobismo prescinde muchas veces de las formas más habituales, dotando de un mayor protagonismo a la falta de puntuación, a los espacios en blanco o directamente a los excesivos huecos provocados por lo no dicho de la historia. Tampoco, dentro del vocabulario en apariencia sencillo del que se compone la obra de Majfud -aspecto ya señalado- se encuentra el empleo de términos soeces u ofensivos, los que aparecen prácticamente desterrados de sus textos, aún en situaciones que ameritarían su uso, ciñéndose el autor a un estricto empleo del idioma tal cual le ha sido dado. No hay en los textos de Majfud una búsqueda de lucimiento personal, una forma deslumbrante de moverse dentro de la página que intente cautivar a la tribuna. Por el contrario, si se analiza con atención su obra se verá una muy disciplinada subordinación del escritor, guardando para sí mismo apenas el lugar de observador privilegiado, permitiendo que el texto viva su propia existencia. Salvo en algunos casos excepcionales para el idioma de todos los días, pero absolutamente necesarios para la correcta funcionalidad del universo creado por Majfud, no hay una utilización de un vocabulario demasiado elevado, o de un carácter intencionalmente intelectual. Sin duda que la originalidad del lenguaje majfudiano no surge de la palabra como célula alterada sino del muy personal tejido que el escritor tiende a urdir como una telaraña. De hecho, difícilmente una novela o aún un ensayo de Majfud se resuelva por parte del lector sin una relectura atenta, lo cual habla de que no existe esa aparente (y engañosa) sencillez que parece emanar de los textos. Sin duda existe, a lo interno del texto, una estructura que parece ir mutando sus formas sin salirse de lo clásico, como si prevaleciera la intención manifiesta de renovarse permanentemente, evitando la repetición de fórmulas. Este tal vez sea uno de los aciertos claves de Majfud, ya que la gran mayoría de su obra se presenta de alguna manera amarrada a la evocación de una zona muy oscura de nuestra historia, que sin embargo, pese al peso que provoca, no logra frenar el constante devenir, por momentos de una lentitud casi fotográfica, por momentos de un gran dinamismo. Las certezas sobre otra realidad social posible están, son esas rendijas de luz que el autor se ocupa de repartir de cuando en cuando sobre sus páginas, y que no siempre emergen con facilidad hacia la superficie del texto. Deberá el lector ocuparse de introducirse a fondo en las páginas recorridas haciendo que esto suceda, sabiendo que si bien es cierto que en general no se encontrará con formas ostentosas, rupturas ni búsquedas por fuera de los aspectos formales, sí hallará -desde lo aparentemente consuetudinario- una dinámica que devuelve la palabra a su condición original. Perfectamente amalgamados, como si formaran parte de un organismo vivo, todos estos aspectos se van desarrollando dentro de una predominancia del plano diegético, generalmente manejado por un narrador en primera persona, utilizando el plano mimético exclusivamente como una válvula de escape a la tensión acumulada por la narración pura, en tanto puede verse un manejo muy dúctil y medido ya sea de la grafopeya como de la etopeya, predominando levemente la descripción sicológica por sobre la física, lo que resulta coherente con el tipo de narración propuesta por Majfud.

Finalmente, se podría decir que a diferencia de la tendencia más difundida dentro de su generación, Majfud no es lo que podría definirse como un escritor de subgénero fantástico; no obstante, el manejo narrativo de los delirios y las visiones oníricas que el escritor hace, lo inscribe dentro del realismo extraño, muy cercano al campo de la literatura fantástica.

En torno a los distintos puntos que he intentado desarrollar en este rápido análisis, para ilustrar todo lo dicho, se hace necesario ir directamente a la voz del propio autor, tomando un fragmento de su narrativa, extraído de la novela Hacia qué patrias del silencio:

El arte es el medio por el cual el hombre se evade del presente. Se bajaba de la ventana y se sentaba en el piso. Pero hay que reconocer que toda definición es una simplificación, un pecado del intelecto. Los libros que estaban en el piso eran los últimos que había leído, seguramente. El hombre se ha pasado la Historia inventando islas perdidas en tiempos remotos. Once upon a time there was a king who had a daughter… Y todo aquello que está en el horizonte, (in)justo allí donde la realidad pierde su elocuencia y se hace inalcanzable. Mitos, leyendas, historias fantásticas y sueños realistas. Allí donde todo es pasado o futuro (nostalgia y esperanza), pero nunca presente; allí donde pueden estar el Paraíso y la Tierra Prometida. Deduzco que el Infierno es el presente, decía acomodándose entre los almohadones. Para el Islam, el Infierno es de fuego, es decir, el sol del desierto, el presente. Habrás leído el Corán. No mucho. En el paraíso corren ríos de agua fresca entre deliciosas sombras. Si Mahoma hubiese nacido en Siberia, ¿qué sería el Infierno? Un témpano de hielo. Correcto. Se reía. Algo semejante al infierno que la KGB acondicionó en la llanura Ártica para alojar a los infieles. ¿Te acordás del Patio de los Leones, en La Alhambra? Cómo no; lo recorrimos juntos. Ahí está esa recurrencia al agua, en las fuentes, en los canales (ríos geométricos) corriendo ente columnas esbeltas que terminan en capiteles como palmeras datileras. Todo un oasis simbólico, ideal, imagen indudable del paraíso entre los mahometanos. Arte, sueños, religión. La mirada del hombre puesta en el más allá, con dioses o sin dioses. Esperá un poco; démosle una perspectiva psicológica al asunto. Bueno. El pensamiento analógico, transgresor y asociativo rige tanto en el arte como en los sueños; la memoria recicla los recuerdos de la profunda infancia y hasta de siglos anteriores. Recuerdos prenatales. Ay, me encanta eso. Pero el existencialismo me lo prohíbe. En lugar de soles prenatales, como el flaco Bioy Casares, hablemos de les images hypnagogiques. Como una sombra, iba a la cocina y abría la heladera. Se quedaba un momento examinándola o pensando en algo, y finalmente sacaba unos cubitos de hielo. Cerraba y la oscuridad volvía con más fuerza. Yo descansaba yendo a ese apartamento que ella consideraba aburrido. Ella estaba rodeada de su presente y yo liberado del mío. ¿Qué hora es, ché? No llegamos más. El tipo del cigarrillo se animó a encenderlo poco antes de bajar. Pero la vida comúnmente se desarrolla en un escenario intermedio sin los paraísos y los infiernos imaginados por los hombres. El presente nunca será el Paraíso, eso es cierto, pero tampoco el Infierno. No, mientras incluya un horizonte, ese lugar en donde estarás vos un día cuando te recuerde. No hay imagen tenebrosa que incluya un horizonte. Miraba por la ventana; se hacía de noche. Podés recorrer los museos del mundo. Verás las imágenes más horribles que, como las pesadillas, la angustia, son un apretado Aquí. El Gehena es una mansión tenebrosa; el Infierno, un laberinto subterráneo: ambas expresiones de lugares cerrados. El significado más doloroso del horizonte (corregime si me equivoco) podrá ser la soledad, sí, pero no la peor de las soledades, ya que habrá un sueño, una esperanza: el más allá. Se levantaba y volvía a mirar Buenos Aires. La ciudad se extendía en millones de lucecitas bajo un cielo violeta. Bajamos en un lugar de la rambla en donde había un médano. Subía de la playa hasta invadir la vereda; debía tener dos metros de alto.-Tenemos que caminar un poco -dijo Vassallo después de examinar un papel doblado en cuatro. Un dibujo con algunas indicaciones ilegibles. Debían ser del «Ruso», el único contacto que tenían los muchachos con el MLN.No me despedí de ellos como había pensado. Sentí lástima al verlos tan nerviosos por nada. No podía abandonarlos ahora.
(117)               

Como se verá, lo contradictorio entre la realidad y la ficción que refiere a esos hechos está unido por la sólida consistencia de la materia literaria manejada por Majfud. De la lectura de este breve fragmento podemos deducir que en la visión del autor somos realidad pero también resultamos palabra sobrevolando esa realidad. Desde esa dialéctica el mundo suele reconocerse como un lugar oscuro pero las palabras que designan y describen esa oscuridad no tienen por que perder su cuota de luz. Este aspecto, casi una ley física dentro del universo creado por Majfud, atraviesa a lo largo y a lo ancho toda su obra, pero es en Hacia qué patrias del silencio donde más patente se hace. En esta excelente novela -la historia de un preso político, donde se toca también el tema de la desaparición forzada- puede verse, en la prisión donde transcurre buena parte de la trama, una angustia objetiva por el mundo que nos tocó habitar, pero también una esperanza cargada de terca subjetividad, puesto su ojo en el Hombre. Así como debemos de desconfiar -visceralmente- de aquellos que con trivial ligereza sostienen que todo hombre tiene su precio (representados en el texto por torturadores, carceleros, y autores intelectuales que no aparecen pero están), de la misma forma debemos agradecer a los seres más bien anónimos que cruzan estas páginas diciéndonos con su ejemplo -la mejor y más válida forma de decir- que sí hay hombres sin precio, que sí hay hombres que no están ni estarán en venta jamás. Este estante para lo ético, ocupando los espacios más sensibles de su obra, es determinante en la escritura de Jorge Majfud, y es lo que de alguna manera contribuye con más fuerza a la idea de que estamos frente a un escritor que sin necesidad de gritar destempladamente se halla comprometido no sólo con su tiempo sino con algo que va más allá, y que ese compromiso atañe a lo esencialmente humano. De todas formas, no hay que confundir esta visión austeramente optimista del futuro con una suerte de meteorología literaria. No hay a lo largo de estas páginas pronósticos de ningún tipo, y mucho menos, predicciones agoreras; consciente de que la salida no será fácil de encontrar, Majfud elige no escribir parapetado sobre la realidad, y sí, en todo caso, desde el barro que ella provoca. La terca y sostenida búsqueda de una estética con contenido, establecida casi como una necesidad, mantiene una estrecha relación causa efecto con las tonalidades de una compleja realidad que se quiere desentrañar, ejerciendo para ello un alcance de concreción más allá aún de lo literario; la palabra como forma de expresión activa y no diseccionada, se mimetiza -dentro de esa búsqueda con algo de experimental- con las vivencias de la vida, en especial con el amor, la libertad y la justicia social. La individualidad de sus personajes, metafísicamente percibida como parte de un todo, necesita ir permanentemente hacia los demás, no para fundirse en una masa, sino por el contrario, para ir y volver multiplicado a (y desde) la propia conciencia, afirmando su lugar en el mundo.

Se podría decir entonces, para redondear, que a diferencia de otros buenos escritores que componen un tipo de narrativa donde predominan claramente la forma o la acción, entendidas como si ambas fueran incompatibles, Majfud logra con sencillez lo más difícil, ese equilibrio en que la dinámica de la historia a contar no se lleva por delante a la forma, y donde la forma -por su parte- no se regodea en sí misma de manera tal que la acción termine aplastada por cientos de palabras que no debieron pasar por allí en ese momento y lugar. La consigna, si la hay, sería la de elevar la literatura a una equilibrada combinación de compromiso y alegría por el goce estético que provoca la buena lectura.

Si la obra de Majfud es, como sospecho, la construcción de un camino propio y a la vez compartido, el trecho recorrido hasta ahora tiene la particularidad de generar la distancia necesaria para una evaluación rápida, una perspectiva ideal que invita a detenerse brevemente para observar lo logrado, en pos de nuevos avances. Dotado de una intuición que a la hora de tomar decisiones suele ser el fiel de la balanza de todo buen escritor, Majfud ha ido encontrando ese camino sin perder el rumbo ni por un instante. Y en ese tránsito propio -lo haya buscado o no el autor- su literatura comienza a formar parte de un Uruguay que se mira a sí mismo, no con ojos contemplativos, sino de una forma sumamente autocrítica y para nada complaciente. En todo caso, este camino empedrado de libros -los del Majfud lector puro y los del Majfud escritor- termina desembocando inevitablemente en una ruta que conduce sin desvíos hacia eso que alguien ha dado en llamar -muy acertadamente- la uruguayez.

Gustavo Esmoris ( Uruguay  1959)

Bibliografía

  • Majfud, Jorge. Crítica de la pasión pura. Montevideo: Ed. Graffiti, 1998.
  • ——. Hacia qué patrias del silencio. Memorias de un desaparecido. Tenerife: Ed. Baile del Sol, 2001.
  • ——. La ciudad de la Luna. Tenerife: Ed. Baile del Sol, 2002.
  • ——. La reina de América. Tenerife: Ed. Baile del Sol, 2002.
  • ——. Perdona nuestros pecados. Montevideo: E. G. Ediciones, 2007.

“Las Crónicas del Coronavirus” Juan Patricio Lombera.

“Las crónicas del coronavirus” Edición literaria de Juan Patricio Lombera.

“Las crónicas de Coronavirus” es un recorrido cronológico por la enfermedad, omitiendo datos de números de fallecidos, enfermos que a diario se muestran en las noticias. Un trabajo impecable del autor.

Lombera reúne doce autores de diferentes países y continentes. Comenzando por la zona cero, China y siguiendo por Francia, México, España, EEUU. Mostrando así las diferentes visiones de buena parte del mundo, realidades de como afectó individualmente a cada uno de los autores que conforman estas magníficas crónicas.

La idea de estas crónicas, publicadas por Ediciones Irrreverentes, surge de la conversación epistolar entre su autor Patricio Lombera y Manuel Cortés Blanco (Zaragoza 1965) médico, psicólogo, escritor y cuentacuentos como forma terapéutica, transmitiendo así los valores a los estudiantes de Enseñanzas Medias la resolución de procesos de duelo entre personas mayores, e incluso la prevención de determinadas patologías en contextos que haría difícil otra posibilidad. Por ello ha recibido distintos reconocimientos como el Premio Nacional Ulysses a la Investigación 2010 por su labor científica. Especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública, ha intervenido activamente como epidemiólogo en la lucha contra el COVID-19 desde su puesto en la Sección de Epidemiología del Servicio Territorial de León, de la Junta de Castilla y León.

…” Tristemente, está COVID 19 ha sembrado ya demasiadas pesadillas. No obstante, parafraseando al genial Pérez Gáldos durante sus Sitios de mi Zaragoza, le vamos a seguir combatiendo. ¿De pocos guiones estoy más seguro! Porque “nos reducirá a polvo, romperá nuestros sueños y lanzados al aire mis cimientos, caerán al fondo de su pozo. Pero entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que nunca nos rendimos”  …”

En China Daniel Rodríguez nacido en México, músico y compositor por el Centro de Investigación y Estudios de Música. Varios de sus estudios los curso en la República Popular de China. Utiliza pseudónimo por su propia seguridad. 

Nos cuenta su experiencia como extranjero en un país autoritario y xenófobo como lo es China la zona cero en esta enfermedad global. “Ground zero” es una de las crónicas más impresionantes.

 …” Pero las evoluciones del gobierno y, posteriormente las de su sociedad fueron las que han ido convirtiendo mi vida en un infierno …”

De Perú Fernando Morote (1962) escritor, poeta, colaborador de la revista digital Periódico Irreverentes. Trabaja en una empresa de desinfección. 

“Deberías estar en casa, pero no lo estás”

Susana Corcuera (1964) nos escribe desde México. Cuentista y novelista. Estudió Etnohistoria en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, Imparte talleres de Creación Literaria y de Literatura Universal y ha traducido obras del inglés y del francés. Actualmente es titular de la columna “De locos y visionarios” en el Semanario Sin Límite.

De su Crónicas del coronavirus …” El matrimonio que se quedó solo ha puesto una sombrilla en la azotea para observar a gusto los encuentros de los novios, lo únicos humanos en las calles repletas de pájaros que le han perdido el miedo a los hombres…”

“Anécdotas pandémicas irrelevantes” es la crónica que nos presenta desde la baja California Sur el poeta Rubén Manuel Rivera Calderón (1967). Un cuento intimo que nos relata las confusiones de su propio encierro, de como le ha afectado la pandemia poniéndole al mismo tiempo un toque de humor.

Uno de los textos mejores escritos es el de Roberto Víctor Luna Elizarrarás (México 1966), licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Maestro en Ciencias con Especialidad en Investigaciones Educativas. 

En su texto “Historia verdadera de la pandemia en Iztacalco” hace una reflexión teniendo en cuenta el texto de Borges “La ceguera”.

Quería encontrar la esencia de lo que sucedía, como se fue transformando su entorno a partir de la pandemia. Mientras el escribe el texto, su madre se contagia de covid.

…” El confinamiento me ha obligado a ver la vida desde la ventana. Con mayor precisión, desde la azotehuela del cuarto piso de un edificio construido en 1974, como parte de un conjunto habitacional para trabajadores. En estos dos meses y medio, he tenido que pasar más tiempo en la cocina y en la azotehuela que antes, preparando mis alimentos, lavando los trapos del piso, tirando el agua sucia con que he trapeado, poniendo la ropa en la lavadora y tendiéndola …”

Desde EEUU el escritor y amigo Jorge Majfud (Uruguay 1969). Estudio en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en la facultad de Arquitectura de la Universidad de la República Orienta del Uruguay. Es máster en Literatura y doctorado en Filosofía y Letras por la universidad de Georgia. Colabora en varias radios, periódicos y revistas. Ha escrito novelas y ensayos. Actualmente publica su gran obra “La frontera Salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina” en la Universidad de Jacksonville donde es profesor de Estudios Internacionales. Está obra es un homenaje a los 50 años de “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano.

En su crónica “Pandora” Jorge nos propone un cambio extendiendo las fronteras, centrándose en Trump. ” Estamos en las manos de gente con un poder apocalíptico y ninguno de ellos tiene la capacidad intelectual ni la estabilidad psicológica para tener ese poder que antes estaba reservado a los dioses”

“Pandora” no es una crónica exterior – dice- sino interior desde la ficción. La perspectiva ficticia con personajes reales intenta exponer la fragilidad y la paranoia del mundo en manos de unos pocos individuos con un poder excesivo: el agente que carga la maleta con el código atómico a todas partes donde va el presidente de EEUU; la administración del cambio climático y de la crisis de una pandemia por parte de estos individuos poderosos que fingen y pretenden saber lo que hacen.

Cyril Jouhannet (Paris 1972) Estudia hostelería y restauración en Estrasburgo y trabaja en cruceros en las islas Turks & Caicos, Caribe, Bahamas y Bermudas. Trabaja en hoteles de lujo. Un aventurero por su tipo de trabajo. Su próximo proyecto es abrir un albergue ecológico en Raiatea, Polinesia francesa en 2022. Su crónica “Plática con voz”.

También desde Francia el licenciado en filología inglesa por la Universidad de Lille, Pascal Buniet (1952). Autor de varias novelas. Con su crónica “Florecer en tiempos de confinamiento” se muestra como el optimista del grupo.

…” Esos días difíciles tienen la importancia y el contenido que le queremos dar. No como estamos acostumbrados hasta ahora, claro. De nada nos sirve fijarnos en lo que nos falta. La formula simple para saber si un día ha sido aprovechado es repasar lo que uno ha hecho durante la jornada y analizar si se ha vivido o hibernado, al momento de acostarse. Seamos el motor de nuestra vida. Un motor tiene varias velocidades, rápida o lenta, lo importante es avanzar…”

José Amezcua Bravo (México 1977) Licenciado por la UNAM en psicología y con estudios de filosofía. Hizo sus estudios de maestría y Doctorado en Filosofía en Oviedo, España. Actualmente trabaja en Francia como psicólogo para la protección a la infancia en Borgoña Y nos envía su crónica “Mutaciones” donde nos hace reflexionar acerca de nuestra responsabilidad en el contagio de la enfermedad y de nuestra creencia de hasta que punto somos libres.

Juan Patricio Lombera (México 1972) Autor de la crónica “Hoy he salido a la calle”. Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana donde obtiene la medalla al mérito académico.

Ha colaborado con reseñas literarias en el suplemento cultural del periódico ABC, y en criticas de exposiciones pictóricas. También en Radio Exterior de España en el programa Sexto Continente y Edición Exclusiva donde entrevistaba escritores, recomendaba libros y anunciaba premios literarios. En Radio Televisión de Marbella tenía una sección titulada Tema o Personaje. Y fue uno de los organizadores del “I Congreso Hispanoamericano de Escritores”

En 2003 publica su primer libro “La rebelión de los inexistentes”, 2004 “Bestiario Chicano” (subvencionado por el Ministerio de Cultura de España) usado en la actualidad como libro de texto sobre la materia de la inmigración en países de Centroeuropa. En 2007 queda finalista del II Premio EL espectáculo Teatral con el díptico compuesto por las obras “Una noche con la muerte” y “El discurso de los poderes”. En 2013 publica “EL asalto y la venganza” (relatos).

 En 2018 gana el VI Premio Irreverentes de novela con “El péndulo familiar” obra que me gustaría destacar por su estructura narrativa. Los dos personajes principales, su abuela y el propio Lombera recorren no solo sus propias vidas hilando recuerdos sino la historia de México y España. Esta saga familiar la escribe en un momento difícil de su vida, ya que queda sin trabajo y recurre a la Biblioteca a escribir como manera de desnudarse ante el lector que tendrá que poner la máxima atención para entender este Péndulo familiar que nos lleva de delante hacia atrás la vida de Patricio y viceversa la vida de su abuela, sus charlas y anécdotas, y por el medio corre la historia de México hasta que se encuentran en la Matanza del 2 de octubre de 1968 donde cercan a los estudiantes en la plaza Tlatelolco y abren fuego.

Un libro inspirado en “El viaje a la semilla” de Alejo Carpentier.

…” Allá con lo que tu creas o dejes de creer. Lo importante no es eso, sino que reconozcas que este es el único cartucho que vas a tener, al menos siempre desde tu perspectiva, y que lo tienes que aprovechar para intentar se feliz sin fastidiar a los demás. En eso consiste la sabiduría. Ni más ni menos…”

“El zambullidor” Luis Do Santos.

…” El río seguía turbio como en los días de creciente, encrespado por el viento norte, ya con pocos camalotes que bajan temblando, pero vistiendo aún, su irresistible marrón de luto” …

Situado al norte del país (Uruguay) zona de frontera donde se mezclan diferentes culturas se encuentra el Río Uruguay, figura que da origen a “El zambullidor”. 

Una historia cruda pero hermosa a la vez, en una sociedad cerrada, patriarcal de un pequeño pueblo.

Con una prosa poética Do Santos narra en primera persona la historia de un niño que a través de sus travesuras nos muestra como cambia su mundo el día que descubre que su padre tiene el don de encontrar ahogados en el río arrojando un jazmín blanco. Don o maldición, depende como se vea. Quizás esta carga es lo que hace el carácter reacio a mostrar los sentimientos, a la violencia, la falta de comunicación con su familia y aún así es admirado por el niño.

A través de ocho capítulos el río como eje de la historia va moldeando a cada uno de los diferentes personajes. Principalmente al niño, a su padre y a su madre. Ninguno de ellos tiene nombre, dejando que el lector encuentre su propia voz.

Si bien la historia puede ser ficción las emociones afloran en cada párrafo de manera exquisita.

…” Fue doloroso el adiós a otro amigo, pero pronto el tiempo se encargó de enseñarme que la amistad puede sobrevivir lejos de la piel, y las historias verdaderas andan con uno siempre, a pesar de lo celoso que es el olvido” …

Para este niño que no está acostumbrado a demostraciones de cariño, la amistad es lo más importante. Compartir travesuras en el campo, rodeado por la fauna y flora autóctona hacen mágico el lugar. 

El abuelo, personaje fantasmagórico le susurra diabluras por la noche que cumplirá feliz aún sabiendo el inevitable encuentro con el rigor de su padre que sin piedad lo castiga.

Vemos en sus palabras la influencia de Vasconcelos “Mi planta naranja lima” (1968), como homenaje a este gran escritor de las letras brasileñas.

“El Zambullidor” editada en España por Tiempo de Papel, está traducida al francés, al portugués y lleva 4ta edición en Uruguay publicada por Fin de Siglo. 

Ha tenido mención de honor en el concurso literario Onetti.

Luis Do Santos (1967) Nace en Uruguay departamento de Artigas.

Jorge Majfud. Poema

Axioma

(poema inconveniente)

No hay mérito no hay honor 

en la lucha

que defiende al poderoso.

Solo medallas de lata

No hay mérito no hay brillo

en las razones

que defienden al poderoso.

Solo intereses prestados

No hay mérito en la lucha

en la inversión de bajo riesgo

contra los peligrosos de abajo

con las poderosas armas

con el dinero de los de arriba

Todo lo contrario.

Esa herida secreta del secreto

mercenario

debe doler mucho

Nunca se cierra

ni con los restos del botín

Ni con los tristes honores

que las torres, los caballeros

los alfiles y los reyes otorgan

a los peones que de rodillas

sonríen con orgullo

Por eso, con tanta frecuencia

a esta condición inevitable

de oro, de hierro y de plomo

se le suma la promesa

de un paraíso para los criminales

y de un infierno para las víctimas

Porque si hay algo que no tienen

los poderes que gobiernan el mundo

es una pizca de tontos

Tontos, son los otros.

jm

Audio en https://majfud.org/2021/04/04/axioma/

Eloy Tizón.

Editorial Páginas de Espuma.

Eloy Tizón- Madrid 1964

Eloy es considerado como uno de los mejores escritores de cuentos de literatura española del siglo XX.

Colabora en varios periódicos y revistas como: “Revista de occidente” y talleres literarios en diferentes centros culturales: “La casa encendida”, “Festival eñe”.

Actualmente imparte clases de narrativa en “Hotel Kafka” y “Relee”.

Ha escrito tres novelas, editadas en Anagrama: “La voz cantante”, “Labia” y “Seda salvaje” con la que ha sido finalista del premio Herralde. Tres libros de cuentos:” Parpadeos” (Anagrama), ” Técnicas de iluminación” editado en Páginas de Espuma junto a “Velocidad de los jardines” y un ensayo: “Herido Leve”(2019).

Su obra ha sido traducida a varios idiomas: finés, árabe, ingles, italiano, francés, alemán. 

Recuerdo que era verano cuando me sonó el teléfono, así comenzó nuestra charla, Eloy en su casa en Madrid y yo caminando por las costas gallegas. Fue una conversación cómplice con alma que llevo a otras cada una más rica que la otra.

Recuerdo aún que el primer libro del que hablamos fue “Herido leve”, un ensayo autobiográfico intelectual del propio autor que fue recopilando su memoria lectora durante treinta años y nos lleva a autores como: Onetti, Monterroso, Felisberto Hernandez, uno de los escritores que más admira, Cheever, Lispector y otros grandes de la literatura.

Así continuamos charlando horas, acompañados del ruido y la transparencia del mar.

Recibí sus libros tiempo después, autografiados con el cariño y el color que caracteriza a Eloy. Puedo decir que tengo y he leído toda su obra pero haré énfasis en los libros que más me han gustado.

– “Técnicas de iluminación” son diez historias diferentes que se pueden leer de forma independiente aunque tienen un hilo conductor que son la luz y la sombra, conflictos de la naturaleza humana donde notamos cierta tensión entre cada uno de estos elementos. Los personajes están inquietos, perdidos, las diferentes circunstancias los llevan a tomar decisiones. Aquí lo importante son las voces y la libertad de expresión de los personajes sin sentirse juzgados. El lector es invitado a participar del cuento a través de la pieza que falta, algún ingrediente que queda fuera de foco y es lo que le da fuerza al cuento. 

 “Fotosínteis” comienza con …” uno camina y camina” … así nos lleva el autor de viaje alertando los sentidos del lector, despertando en cada uno su propia existencia con un ritmo acompasado, así como si de un piano se tratara.

-“Velocidad de los jardines”, trata de lo que significaba pasar de 3ro de ESO, la decisión que implica elegir las materia, afrontar la responsabilidad de un futuro que a esa edad es más incierto, aún en la vida de cualquier estudiante de esas edades. El lector se siente identificado con el autor y lo vemos reflejado en el último capítulo que se titula como el libro: “Velocidad de los jardines” donde el narrador nos lleva a sentir a través de nuestro propio recuerdo esa época difícil emocionalmente, donde todo se tambalea antes de entrar en la madurez quizás algo apresurada.

Con una prosa inconfundible y perfecta Eloy Tizón nos muestra su crecimiento en su profesión sin olvidar la calidez, la belleza en las palabras y en el alma.

Dice: …” los libros son puntuales. Llegan cuando uno los merece, nunca antes” …

Velocidad de los jardines - Editorial Páginas de Espuma
TÉCNICAS DE ILUMINACIÓN de ELOY TIZON | Casa del Libro
Editorial: Páginas de Espuma.

50 aniversario de Las venas abiertas de América Latina — Escritos Críticos

Este año Las venas abiertas de América Latina cumple 50 años. Que no pase desapercibido el cumpleaños de un libro imperfecto como todos, pero valiente como muy pocos. Este año Las venas abiertas de América Latina cumplen 50 años. Que no pase desapercibido el cumpleaños de un libro imperfecto como todos, pero valiente como muy […]

50 aniversario de Las venas abiertas de América Latina — Escritos Críticos

Cuento: El Rey peste. Edgar Allan Poe

El rey peste 2 Edgar Allan Poe

Al toque de las doce de cierta noche del mes de octubre, durante el caballeresco reinado de Eduardo III, dos marineros de la tripulación del Free and Easy, goleta que traficaba entre Sluis y el Támesis y que anclaba por el momento en este río, se asombraron muchísimo al hallarse instalados en el salón de una taberna de la parroquia de St. Andrews, en Londres, taberna que enarbolaba por muestra la figura de un «Alegre Marinero».

Aquel salón, aunque de pésima construcción, ennegrecido por el humo, bajo de techo y coincidente en todo sentido con los tugurios de su especie en aquella época, se adaptaba bastante bien a sus fines, según opinión de los grotescos grupos que lo ocupaban, instalados aquí y allá.

De aquellos grupos, nuestros dos marinos constituían el más interesante, si no el más notable.

El que aparentaba más edad, y a quien su compañero daba el característico apelativo de «Patas», era mucho más alto que el otro. Debía de medir seis pies y medio, y el encorvamiento de su espalda era sin duda consecuencia natural de tan extraordinaria estatura. Lo que le sobraba en un sentido, veíase más que compensado por lo que le faltaba en otros. Era extraordinariamente delgado y sus camaradas aseguraban que, estando borracho, hubiera servido muy bien como gallardete en el palo mayor; mientras que, hallándose sobrio, no habría estado mal como botalón de bauprés. Pero estas bromas y otras de la misma naturaleza no parecían haber provocado jamás la menor reacción en los músculos de la risa de nuestro marino. De pómulos salientes, gran nariz aguileña, mentón huyente, mandíbula inferior caída y enormes ojos protuberantes, la expresión de su semblante parecía reflejar una obstinada indiferencia hacia todas las cosas de este mundo en general, aunque al mismo tiempo mostraba un aire tan solemne y tan serio que inútil sería intentar describirlo.

Por lo menos en la apariencia exterior, el marinero más joven era el exacto reverso de su camarada: Su estatura no pasaba de cuatro pies. Un par de sólidas y arqueadas piernas sostenía su rechoncha y pesada figura mientras los cortos y robustos brazos, terminados en un par de puños más grandes que lo habitual, colgaban balanceándose a los lados como las aletas de una tortuga marina. Unos ojillos de color impreciso chispeaban profundamente incrustados bajo las cejas. La nariz se perdía en la masa de carne que envolvía su cara redonda y purpúrea, y su grueso labio superior descansaba sobre el inferior, todavía más carnoso, con una expresión de profundo contento que se hacía más visible por la costumbre de su dueño de lamérselos de tiempo en tiempo. No cabía duda de que miraba a su altísimo camarada con una mezcla de maravilla y de burla; de cuando en cuandopage2image6080128

El rey peste 3 Edgar Allan Poe

contemplaba su rostro en lo alto, como el rojo sol poniente contempla los picos del Ben Nevis.

Varias y llenas de incidentes habían sido las peregrinaciones de aquella meritoria pareja durante las primeras horas de la noche, por las diferentes tabernas de la vecindad. Pero ni las mayores fortunas duran siempre, y nuestros amigos se habían aventurado en este último salón con los bolsillos vacíos. En el momento en que empieza esta historia, Patas y su camarada Hugh Tarpaulin hallábanse instalados con los codos sobre la gran mesa de roble del centro de la sala, y las manos en las mejillas. Más allá de un gran frasco de cerveza (sin pagar), contemplaban las ominosas palabras: «No se da crédito», que para su indignación y asombro, habían sido garrapateadas en la puerta mediante el mismísimo mineral cuya presencia pretendían negar. Lejos estamos de pretender que el don de descifrar caracteres escritos —don que en aquellos días se consideraba apenas menos cabalístico que el arte de trazarlos— hubiera sido conferido a nuestros dos hijos del mar; pero la verdad es que en aquellas letras había cierto carácter retorcido, ciertos bandazos de sotavento totalmente indescriptibles pero que, en opinión de ambos marinos, presagiaban abundancia de mal tiempo, y que los determinaron al unísono, conforme a las metafóricas expresiones de Patas, a «darle a las bombas, arriar todo el trapo y largarse viento en popa».

Habiendo, pues, apurado la cerveza que quedaba, y abotonados apretadamente sus cortos jubones, se lanzaron ambos a toda carrera hacia la puerta. Aunque Tarpaulin rodó dos veces en la chimenea, confundiéndola con la salida, acabaron por escabullirse felizmente, y media hora después de las doce, nuestros héroes estaban otra vez prontos a cualquier travesura, huyendo a toda carrera por una oscura calleja rumbo a St. Andrews’ Stair, encarnizadamente perseguidos por la huésped del «Alegre Marinero».

En los tiempos de este memorable relato, así como muchos años antes y muchos después, en toda Inglaterra, y especialmente en Londres, resonaba periódicamente el espantoso clamor de: « ¡La peste!» La ciudad había quedado muy despoblada, y en las horribles regiones vecinas al Támesis, donde entre tenebrosas, angostas e inmundas callejuelas y pasajes parecía haber nacido el Demonio de la Enfermedad, erraban tan sólo el Temor, el Horror y la Superstición. Por orden del rey aquellos distritos habían sido condenados, y se prohibía, bajo pena de muerte, penetrar en sus espantosas soledades. Empero, el mandato del monarca, las barreras erigidas a la entrada de las calles y, sobre todo, el peligro de una muerte atroz que con casi absoluta seguridad se adueñaba del infeliz que osara la aventura, no podían impedir que las casas, vacías y desamuebladas,page3image5818816

El rey peste 4 Edgar Allan Poe

fueran saqueadas noche a noche por quienes buscaban el hierro, el bronce o el plomo, que podía luego venderse ventajosamente.

Lo que es más, cada vez que al llegar el invierno se abrían las barreras, comprobábase que los cerrojos, las cadenas y los sótanos secretos habían servido de poco para proteger los ricos depósitos de vinos y licores que, teniendo en cuenta el riesgo y la dificultad de todo traslado, fueran dejados bajo tan insuficiente custodia por los comerciantes de alcoholes de aquellas barriadas. Pocos, sin embargo, entre aquellos empavorecidos ciudadanos atribuían los pillajes a la mano del hombre. Los demonios populares del mal eran los espíritus de la peste, los dueños de la plaga y los diablos de la fiebre; contábanse historias tan escalofriantes, que aquella masa de edificios prohibidos terminó envuelta en el terror como en una mortaja, y hasta los saqueadores solían retroceder aterrados por la atmósfera que sus propias depredaciones habían creado; así, el circuito estaba entregado por completo a la más lúgubre melancolía, al silencio, a la pestilencia y a la muerte.

En una de aquellas aterradoras barreras que señalaban el comienzo de la región condenada viéronse súbitamente detenidos Patas y el digno Hugh Tarpaulin en el curso de su carrera callejuelas abajo. Imposible era retroceder y tampoco perder un segundo, pues sus perseguidores les pisaban los talones. Pero, para lobos de mar como ellos, trepar por aquellas toscas planchas de madera era cosa de juego; excitados por la doble razón del ejercicio y del licor, escalaron en un santiamén la valla y, animándose en su carrera de borrachos con gritos y juramentos, no tardaron en perderse en el fétido e intrincado laberinto.

De no haber estado borrachos perdidos, sus tambaleantes pasos se hubieran visto muy pronto paralizados por el horror de su situación. El aire era helado y brumoso. Las piedras del pavimento, arrancadas de sus alvéolos, aparecían en montones entre los pastos crecidos, que llegaban más arriba de los tobillos. Casas demolidas ocupaban las calles. Los hedores más fétidos y ponzoñosos lo invadían todo; y con ayuda de esa luz espectral que, aun a medianoche, no deja nunca de emanar de toda atmósfera pestilencial, era posible columbrar en los atajos y callejones, o pudriéndose en las habitaciones sin ventanas, los cadáveres de muchos ladrones nocturnos a quienes la mano de la peste había detenido en el momento mismo en que cometían sus fechorías.

Aquellas imágenes, aquellas sensaciones, aquellos obstáculos no podían, sin embargo, detener la carrera de hombres que, de por sí valientes y ardiendo de coraje y de cerveza fuerte, hubieran penetrado todo lo directamente que su tambaleante condición lo permitiera en las mismísimas fauces de la muerte. Adelante, siempre adelante balanceábase el lúgubre Patas, haciendo resonar lapage4image5802016

El rey peste 5 Edgar Allan Poe

profunda desolación con los ecos de sus terribles alaridos, semejantes al espantoso grito de guerra de los indios; y adelante, siempre adelante contoneábase el robusto Tarpaulin, colgado del jubón de su más activo compañero, pero sobrepasando sus más asombrosos esfuerzos en materia de música vocal con rugidos in basso que nacían de la profundidad de sus estentóreos pulmones.

No cabía duda de que habían llegado a la plaza fuerte de la peste. A cada paso, a cada tropezón, su camino se volvía más fétido y horrible, los senderos más angostos e intrincados. Enormes piedras y vigas que de tiempo en tiempo se desplomaban de los podridos tejados mostraban con la violencia de su caída la enorme altura de las casas circundantes; y cuando, para abrirse paso a través de continuos montones de basura, había que apelar a enérgicos esfuerzos, no era raro que las manos encontraran un esqueleto, o se hundieran en la carne descompuesta de algún cadáver.

Súbitamente, cuando los marinos se tambaleaban frente a la entrada de un alto y espectral edificio, un grito más agudo que de ordinario, brotando de la garganta del excitado Patas, fue respondido desde adentro con una rápida sucesión de salvajes alaridos, que semejaban carcajadas demoníacas. En nada acoquinados por aquellos sonidos que, dada su naturaleza, el lugar y la hora, hubieran helado la sangre de corazones menos ígneos que los suyos, nuestra pareja de borrachos se lanzó de cabeza contra la puerta, abriéndola de par en par y entrando a tropezones, en medio de un diluvio de juramentos.

La habitación en la cual se encontraron resultó ser la tienda de un empresario de pompas fúnebres; pero una trampa abierta en un rincón del piso, próximo a la entrada, dejaba ver el comienzo de una bodega ampliamente provista, como lo proclamaba además la ocasional explosión de una que otra botella. En medio de la habitación había una mesa, en cuyo centro surgía un enorme cubo de algo que parecía punch. Profusamente desparramadas en torno aparecían botellas de diversos vinos y cordiales, así como jarros, tazas y frascos de todas formas y calidades. Sentados sobre soportes de ataúdes veíase a seis personas alrededor de la mesa. Trataré de describirlas una por una.

De frente a la entrada y algo más elevado que sus compañeros sentábase un personaje que parecía presidir la mesa.

Era tan alto como flaco, y Patas se quedó confundido al ver a alguien más descarnado que él. Tenía un rostro amarillo como el azafrán, pero, salvo un rasgo, sus facciones no estaban lo bastante definidas como para merecer descripción. El rasgo notable consistía en una frente tan insólita y horriblemente elevada, quepage5image5835616

El rey peste 6 Edgar Allan Poe

daba la impresión de un bonete o una corona de carne encima de la verdadera cabeza. Su boca tenía un mohín y un pliegue de espectral afabilidad, y sus ojos — como los de todos los presentes— estaban fijos y vidriosos por los vapores de la embriaguez. Este caballero hallábase envuelto de pies a cabeza en un paño mortuorio de terciopelo negro ricamente bordado, que caía en pliegues negligentes como si fuera una capa española. Tenía la cabeza llena de plumas como las que se ponen a los caballos en las carrozas fúnebres, y las agitaba a un lado y otro con aire tan garboso como entendido; sostenía en la mano derecha un enorme fémur humano, con el cual parecía haber estado apaleando a alguno del grupo por cualquier fruslería.

Frente a él, y dando la espalda a la puerta, veíase a una dama cuya extraordinaria apariencia no le iba a la zaga. Aunque casi tan alta como la persona descrita, no podía quejarse de una flacura anormal. Al contrario, hallábase por lo visto en el último grado de hidropesía y su cuerpo se asemejaba extraordinariamente a la enorme pipa de cerveza que, saltada la tapa, aparecía cerca de ella en un ángulo del aposento. Aquella señora tenía el rostro perfectamente redondo, rojo y relleno, y presentaba la misma peculiaridad (o, más bien, falta de peculiaridad) que mencionamos en el caso del presidente; vale decir que tan sólo uno de sus rasgos alcanzaba a distinguirse claramente en su cara. El sagaz Tarpaulin no había dejado de notar que la misma observación podía aplicarse a todos los asistentes a la fiesta, pues cada uno parecía poseer el monopolio de una determinada porción del rostro. En la dama de quien hablamos, se trataba de la boca. Comenzando en la oreja derecha abríase en un terrorífico abismo hasta la izquierda, al punto que los cortos aros que llevaba se le metían todo el tiempo en la abertura. Esforzábase, sin embargo, por mantenerla cerrada, adoptando un aire de gran dignidad. Su vestido consistía en una mortaja recién planchada y almidonada que le llegaba hasta la barbilla, cerrándose en un volante rizado de muselina de algodón.

Sentábase a su derecha una jovencita minúscula, a quien la dama parecía proteger. Esta delicada y frágil criatura daba evidentes señales de una tisis galopante a juzgar por el temblor de sus descarnados dedos, la lívida coloración de sus labios y las manchas héticas que aparecían en su piel terrosa. Pese a ello, en toda su figura se advertía un extremado haut ton; lucía con un aire tan gracioso como negligente un ancho y hermoso sudario del más fino linón de la India; el cabello le colgaba en bucles sobre el cuello, y había en su boca una suave sonrisa juguetona; pero su nariz, extraordinariamente larga, fina, sinuosa, flexible y llena de barrillos, le llegaba hasta más abajo del labio inferior; a pesar del aire delicado con que de cuando en cuando la movía a uno y otro lado con ayuda de la lengua, aquella nariz daba a su fisonomía una apariencia un tanto equívoca.page6image5841440

El rey peste 7 Edgar Allan Poe

Al otro lado, a la izquierda de la dama hidrópica, veíase a un hombrecillo achacoso, rechoncho, asmático y gotoso, cuyas mejillas descansaban en los hombros de su propietario como dos enormes odres de vino oporto. Cruzado de brazos y con una pierna vendada puesta sobre la mesa, parecía imaginar que tenía derecho a alguna especial consideración. Sin duda se sentía profundamente orgulloso de cada pulgada de su persona, pero se esmeraba especialmente en llamar la atención sobre su abigarrado levitón. No poco dinero le habría costado este último, que le sentaba admirablemente, pues estaba hecho con una de esas fundas de seda bordada que en Inglaterra y otras partes sirven para cubrir los escudos que se cuelgan en lugares visibles cuando ha muerto algún miembro de una casa aristocrática.

A su lado, y a la derecha del presente, veíase a un caballero con largas calzas blancas y calzones de algodón. Estremecíase de la manera más ridícula, como si sufriera un acceso de lo que Tarpaulin llamaba «los espantos». Su mentón, recién afeitado, estaba apretadamente sujeto por un vendaje de muselina, y sus brazos, igualmente atados por las muñecas, no le permitían servirse a gusto de los licores de la mesa, precaución que Patas encontró muy acertada en vista del aire embrutecido y avinado de su fisonomía. De todas maneras, las inmensas orejas de aquel personaje, que por lo visto no era posible sujetar como el resto de su cuerpo, se proyectaban en el espacio y, cada vez que alguien descorchaba una botella, se estremecían como en un espasmo.

Frente a él, sexto y último de la reunión, veíase a un personaje extrañamente rígido, atacado de parálisis, quien debía sentirse sumamente incómodo dentro de sus vestiduras. En efecto, su único atavío lo constituía un flamante y hermoso ataúd de caoba. Su parte superior apretaba la cabeza de quien lo vestía, extendiéndose hacia adelante como una caperuza, y daba a su rostro un aire indescriptiblemente interesante. A los lados del ataúd se habían practicado agujeros para los brazos, teniendo en cuenta tanto la elegancia como la comodidad; pero aquel traje impedía a su propietario mantenerse tan erguido como sus compañeros; y mientras yacía reclinado contra su soporte, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, un par de enormes ojos protuberantes giraban sus terribles globos blanquecinos hacia el techo, como si estuvieran estupefactos de su propia enormidad.

Frente a cada uno de los presentes veíase una calavera que servía de copa. De lo alto colgaba un esqueleto, atado por una pierna a una soga sujeta en un gancho del techo. La otra pierna, suelta, se apartaba del cuerpo en ángulo recto, haciendo que aquella masa crujiente girara y se balanceara a cada ráfaga de viento que penetraba en la estancia. En el cráneo de tan horribles restos había carbones encendidos, que arrojaban una luz vacilante pero intensa sobre la escena; enpage7image5875248

El rey peste 8 Edgar Allan Poe

cuanto a los ataúdes y otros implementos propios de una empresa de pompas fúnebres, habían sido apilados en torno de la habitación y contra las ventanas, impidiendo que el menor rayo de luz escapara a la calle.

A la vista de tan extraordinaria asamblea y de sus atavíos no menos extraordinarios, nuestros dos marinos no se condujeron con el decoro que cabía esperar. Apoyándose en la pared que tenía más próxima, Patas dejó caer más de lo acostumbrado su mandíbula inferior, mientras abría los ojos hasta que alcanzaron el diámetro máximo mientras Hugh Tarpaulin, agachándose hasta que su nariz quedó al nivel de la mesa, apoyó las palmas de las manos en las rodillas y estalló en un mar de carcajadas tan agudas, sonoras y estrepitosas como fuera de lugar y descomedidas.

No obstante, sin ofenderse por tan grosera conducta, el alto presidente dirigió una afable sonrisa a los intrusos, saludándolos muy dignamente con un movimiento de las plumas de la cabeza; tras de lo cual, levantándose, los tomó del brazo y los condujo a un asiento que otros de los presentes habían preparado para ellos. Patas no ofreció la menor resistencia y se instaló como le indicaron, pero el galante Hugh, llevando su caballete de ataúd desde donde lo habían puesto hasta un lugar próximo a la jovencita tísica de la mortaja, se instaló a su lado lleno de alegría y, zampándose una calavera llena de vino tinto, brindó por una amistad más íntima. Al oír esto, el rígido caballero en el ataúd pareció excesivamente incomodado, y hubieran podido producirse consecuencias graves de no mediar la intervención del presidente, quien, luego de golpear en la mesa con su hueso, reclamó la atención de los presentes con el discurso siguiente:

—En tal feliz ocasión, es nuestro deber…

— ¡Sujeta ese cabo! —lo interrumpió Patas con gran seriedad—. ¡Sujeta ese cabo, te digo, y que sepamos quiénes sois y qué demonios hacéis aquí, equipados como todos los diablos del infierno y bebiéndoos las buenas bebidas que guarda para el invierno mi excelente camarada Will Wimble, el empresario de pompas fúnebres!

Ante esta imperdonable demostración de descortesía, todos los presentes se enderezaron a medias, profiriendo una nueva serie de espantosos y demoníacos alaridos como los que habían llamado la atención de los marinos. Pero el presidente fue el primero en recobrar la compostura y, volviéndose con gran dignidad hacia Patas, le dijo:

—Con el mayor placer satisfaré tan razonable curiosidad por parte de nuestros ilustres huéspedes, a pesar de no haber sido invitados. Sabed que en estospage8image5646288

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dominios soy el monarca y que gobierno mi imperio absoluto bajo el título de “Rey Peste I”.

»Esta sala, que suponéis injuriosamente la tienda de Will Wimble, el empresario de pompas fúnebres, persona a quien no conocemos y cuyo plebeyo nombre no había ofendido hasta ahora nuestros reales oídos… esta sala digo, es la Sala del Trono de nuestro palacio, consagrada al consejo del reino y a otras sagradas y augustas finalidades.

»La noble dama sentada frente a mí es la “Reina Peste”, nuestra serenísima consorte. Los otros augustos personajes que contempláis son miembros de mi familia y llevan la insignia de la sangre real bajo sus títulos respectivos de “Su Gracia el Archiduque Pes-tífero”, “Su Gracia el Duque Pest-ilencial”, “Su Gracia el Duque Tem-pestad” y “Su Alteza Serenísima la Archiduquesa Ana-Pesta”. »Con referencia a vuestra consulta sobre las razones de nuestra presencia en este consejo, se nos perdonará que contestemos que sólo nos concierne, y que es asunto exclusivo de nuestro privado y real interés, sin que nadie esté autorizado a inmiscuirse en absoluto. Pero en consideración a esos derechos de que, como huéspedes y desconocidos, podéis imaginaros poseedores, os explicaremos que nos encontramos aquí esta noche, luego de profundas búsquedas y prolongadas investigaciones, para examinar, analizar y determinar exactamente ese espíritu indefinible, esas incomprensibles cualidades y caracteres de los inestimables tesoros del paladar, vale decir los vinos, cervezas y licores de esta excelente metrópoli; todo ello para llevar adelante no solamente nuestros propios designios, sino para acrecentar la prosperidad de ese soberano extraterreno cuyo reino cubre todos los nuestros, cuyos dominios son ilimitados, y cuyo nombre es “Muerte”.» — ¡Cuyo nombre es Davy Jones! —gritó Tarpaulin, sirviendo un cráneo de licor a la dama que tenía a su lado y bebiéndose otro por su cuenta.

— ¡Profano lacayo! —dijo el presidente, concentrando su atención en el meritorio Hugh—. ¡Profano y execrable canalla! Hemos dicho que, en consideración de esos derechos que, aun en tu repugnante persona, no queremos quebrantar, hemos condescendido a responder a vuestras groseras e insensatas demandas. Empero, frente a tan sacrílega intrusión en nuestro consejo, creemos de nuestro deber condenarte y multarte, a ti y a tu compañero, a beber un galón de ron con melaza, que tragaréis brindando por la prosperidad de nuestro reino de un solo trago y de rodillas; tras lo cual quedaréis libres para seguir vuestro camino o quedaros y ser admitidos a los privilegios de nuestra mesa, conforme a vuestros gustos respectivos e individuales.

—Sería cosa por completo imposible —dijo entonces Patas, a quien las frases y la dignidad del Rey Peste I habían inspirado evidentemente cierto respeto, por lopage9image5689824

El rey peste 10 Edgar Allan Poe

cual se puso de pie para hablar, sujetándose a la vez a la mesa—. Sería imposible, sabedlo, majestad, que yo estibara en mi bodega la cuarta parte del licor que acabáis de mencionar. Aun dejando de lado el cargamento subido a bordo esta mañana a manera de lastre, y sin mencionar las distintas cervezas y licores embarcados por la tarde en diversos puertos, me encuentro ahora con un arrumaje completo de cerveza, adquirido y debidamente pagado en la enseña del «Alegre Marinero». Vuestra Majestad tendrá, pues, la gentileza de considerar que la intención reemplaza el hecho, pues de ninguna manera podría tragar una sola gota… y mucho menos una gota de esa infame agua de sentina que responde a la denominación de ron con melaza.

— ¡Amarra eso! —interrumpió Tarpaulin, no menos asombrado por la longitud del discurso de su compañero que por la naturaleza de su negativa—. ¡Amarra eso, marinero de agua dulce! ¡Basta de charla, Patas! Mi casco está todavía liviano, aunque ya veo que tú te estás hundiendo un poco. En cuanto a tu parte de cargamento, en vez de armar tanto jaleo me animo a encontrar sitio para él en mi propia cala, pero…

—Semejante arreglo —interrumpió el presidente— no está para nada de acuerdo con los términos de la multa o sentencia, que es por naturaleza irrevocable e inapelable. Las condiciones que hemos impuesto deben ser cumplidas al pie de la letra sin un segundo de vacilación… ¡Y si así no se hiciere, decretamos que ambos seáis atados juntos por el cuello y los talones y ahogados por rebeldes en aquel casco de cerveza!

— ¡Magnífica sentencia! ¡Justa y apropiada sentencia! ¡Gloriosa decisión! ¡La más meritoria, adecuada y sacrosanta condena! —gritó al unísono la familia Peste. El rey hizo aparecer en su frente una infinidad de arrugas; el hombrecillo gotoso sopló como dos fuelles juntos; la dama de la mortaja balanceaba su nariz de un lado al otro; el caballero de los calzones levantó las orejas, y la dama del sudario jadeó como un pez fuera del agua, mientras el del ataúd parecía más rígido que nunca y revolvía los ojos.

— ¡Uh, uh, uh! —rio Tarpaulin, sin cuidarse de la excitación general—. ¡Uh, uh, uh! Estaba yo diciendo, cuando Mr. Rey Peste se inmiscuyó en la conversación, que una tontería de dos o tres galones más o menos de ron con melaza nada pueden hacerle a un barco tan sólido como yo si no anda demasiado cargado. Pero si se trata de beber a la salud del Diablo (¡a quien Dios perdone!) y ponerme de rodillas delante de ese espantajo de rey, a quien conozco tan bien como a mí mismo, pobre pecador que soy… ¡Sí, lo conozco, puesto que se trata de Tim Hurlygurly, el actor…! Pues bien, en ese caso, ya no sé realmente qué pensar ni qué creer.page10image5721552

El rey peste 11 Edgar Allan Poe

No pudo terminar en paz su discurso. Al oír el nombre de Tim Hurlygurly, la entera asamblea saltó de sus asientos.

— ¡Traición! —gritó su majestad el Rey Peste I.
— ¡Traición! —exclamó el hombrecillo gotoso.
— ¡Traición! —chilló la Archiduquesa Ana-Pesta.
— ¡Traición! —murmuró el caballero de las mandíbulas atadas. — ¡Traición! —gruñó el del ataúd.

— ¡Traición, traición! —aulló su majestad la de la inmensa boca. Y, sujetando al infortunado Tarpaulin por la parte posterior de sus pantalones en momentos en que se disponía a beber otra calavera de licor, lo alzó en el aire y lo dejó caer sin ceremonia en el gran casco abierto de su amada cerveza. Luego de flotar y hundirse varias veces como una manzana en un jarro de toddy, terminó por desaparecer en un torbellino de espuma que sus movimientos creaban en el ya efervescente brebaje.

Patas, empero, no estaba dispuesto a soportar mansamente la derrota de su compañero. Luego de arrojar al Rey Peste por la trampa abierta, el valiente marino le dejó caer la tapa sobre la cabeza, mientras lanzaba un juramento, y corrió al centro de la habitación. Aferrando el esqueleto que colgaba sobre la mesa, empezó a agitarlo con tal energía y buena voluntad que, en momentos en que los últimos resplandores se apagaban en la estancia, alcanzó a romper la cabeza del hombrecillo gotoso. Lanzándose luego con todas sus fuerzas contra el fatal casco lleno de cerveza y de Hugh Tarpaulin, lo derribó al suelo en un segundo. Brotó un verdadero diluvio de cerveza, tan terrible, tan impetuoso, tan arrollador, que el cuarto se inundó de pared a pared, la mesa se volcó con toda su carga, los caballetes quedaron patas arriba, el jarro de ponche cayó en la chimenea… y las señoras en grandes ataques de nervios. Montones de artículos mortuorios flotaban aquí y allá. Jarros, picheles, damajuanas se confundían en la melé, y las botellas revestidas de paja se entrechocaban desesperadamente con los botellones vacíos. El hombre de los estremecimientos se ahogó allí mismo, el caballero paralítico salió flotando en su ataúd… y el victorioso Patas, tomando por la cintura a la gruesa dama de la mortaja, lanzóse con ella a la calle, corriendo en línea recta hacia el Free and Easy, seguido con viento fresco por el temible Hugh Tarpaulin, quien, luego de estornudar tres o cuatro veces, jadeaba y resoplaba tras él, llevándose consigo a la Archiduquesa Ana-Pesta.page11image5682800